miércoles, mayo 9

Macondo, siglo XXI

Muchos piensan que Macondo queda en Colombia y que el pueblo de Cien Años de Soledad no es otro que Aracataca, el pueblo natal del Gabo, como le dicen sus allegados a Gabriel García Márquez, autor de la obra de marras y ganador del premio Nóbel, es posible que así haya sido en un principio, aunque realmente Macondo fue fundado por los recuerdos, las historias escuchadas y otras visiones de la mente del Gabo y a partir de allí se fue llenando de habitantes que construyeron las casas, calles y que nutren con nuevas historias a ese pueblo que creció desde la costa colombiana hasta lejanos confines ubicados en toda la extensión del Caribe y quien sabe si más allá.

Me atrevo a decir, sin temor a equivocarme que hoy Venezuela es un barrio de Macondo y probablemente, es el barrio en el que la esencia de la semilla que sembró el Gabo en los setenta está mejor representada, no en vano en las calles de Maracaibo y de San Cristóbal el sonido de la gaita y el bambuco han sido desplazados por los acordeones del vallenato y hace ya años alguien le cantó a Caracas diciendo que le gusta esa ciudad por que en ella se oye el ritmo vallenato por todas sus esquinas. Pero hay mucho más que eso, Caracas se convirtió en la tierra de los coroneles, pero a diferencia de los de la época de los Buendía estos recibieron jugosos premios en efectivo y en puestos burocráticos por sus "servicios a la patria" y no solo los coroneles, aquí también alcanzó para capitanes y tenientes, hoy convertidos en banqueros, gobernadores, ministros o diputados.

Este es el Macondo del siglo XXI, en donde la capital está mas allá de la montaña que por caminos invisibles lleva hasta el Caribe en donde en una isla un naufrago de la guerra fría le dice al líder de una revolución hecha por soldados de plomo que por arte de la magia de una piedra filosofal pretenden ser de oro y como tal son vistos por un pueblo alucinado por la quimera de la igualdad.

Esta es también la tierra en la que nos dicen que santeros y babalows están curando el cáncer del Comandante en Jefe sacrificando ovejas y gallinas y apareciendo el polvo de los huesos de algún prócer desde los helicópteros rusos de la Fuerza Aérea para que la energía de los héroes no permita a un imperio imaginario que se adueñe de nuestra soberanía.

La imaginación de nosotros, habitantes de Macondo no tiene limites, en parte porque día a día es abonada por los filósofos de los botiquines, que como un ejercito han tomado los foros públicos para exponer sus razones y contarnos historias y fábulas que solo por el hecho de ser macondianos creemos a pie y juntilla, porque son más divertidas que la cruda realidad que no queremos entender y que no tengo que explicarles, porque de hacerlo no estaría diciendo nada nuevo o simplemente les estaría cortando la nota.

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